Cimientos

La autoregulación espontánea;
el contacto con la naturaleza propia
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El organismo humano, como cualquier otro organismo vivo, dispone de una gran capacidad involuntaria que es esencial para la vida: digirirse hacia satisfacer sus necesidades fundamentales. Es una capacidad de autoregulación entre la necesidad interna y el entorno, de manera que sea posible decidir lo más adecuado para mantener, en toda su amplitud, la vitalidad que le es propia y hacer crecer el potencial que lleva dentro.
 
Además, cada uno de nosotros es único; tiene necesidades y prioridades propias, una mirada particular, una manera de vivir y de entender la existencia, de relacionarse con los demás, una manera de aprender, un ritmo vital. Nuestro eje de atención básico es el contacto con estas dos vertientes de la naturaleza humana.

El organismo forma una auténtica unidad en la que tanto el aspecto físico como el psíquico están indisolublemente relacionados en ambas direcciones,y dentro de estos aspectos nuestras diferentes dimensiones: la emocional, la biológica, la social, la intelectual y la espiritual/trascendental. Existe un impulso vital íntimo e involuntario que regula la vida en nuestro organismo; este impulso ajusta instintivamente nuestras necesidades internas con la realidad externa que vamos viviendo. Para que este diálogo surja de un modo fluido, es necesario que nuestro organismo permanezca sensible y flexible en lo que respecta tanto al mundo físico como al mundo psíquico. En este diálogo se manifiestan las diferentes capacidades de respuesta de que disponemos; hay una capacidad cognitiva y lógico-abstracta, una emocional y comunicativa, una para la acción inmediata y pragmática, una luchadora o defensiva, y una contemplativa y trascendental. Todas estas diferentes capacidades o sensibilidades son necesarias y comunes entre todos, pero en cada uno de nosotros unas predominan sobre las otras y en el sentido activo o pasivo. Es esta peculiar combinación de capacidades y sus matices lo que nos define como personas únicas; constituye nuestra naturaleza particular.

 

El impulso vital involuntario es lo que indica a cada niña y niño qué necesita en cada momento y como moverse hacia ello. Es lo que nos muestra si tenemos necesidad de llorar o de reir, de estar solos o acompañados, de comer o de ayunar, de expresar rabia o ternura, de estar activos o permanecer pasivos, de querer compartir o reafirmarnos en aquello que es nuestro, de emprender nuevos aprendizajes o consolidar otros, de interesarnos por nuevas amistades o buscar la compañía de conocidos, etc. Es un concepto que incluye tanto lo físico como lo psíquico, y se expresa por medio de múltiples lenguajes. Es finalmente el indicador de un mecanismo de autoregulación el cual nos permite mantener y cuidar nuestra vitalidad. En base a la escucha de estas necesidades íntimas, el niño o la niña se mantiene con una gran capacidad para abordar las situaciones que se le presentan con apertura y facilidad de adaptación, y de respetar su sensibilidad, de manera que también le facilita la resolución de conflictos y la liberación de tensiones acumuladas.

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